sábado, 10 de agosto de 2013

Día dos.

Hurslak estaba perdido, y no le importaba.

Lesthar estaba perdido, y no le importaba.

Mientras que a uno lo que le movían los piera el corazón, al otro era la libertad que sientes cuando rompes la rutina. Uno buscaba una señal, y el otro no quería ser encontrado.

Hurslak se impulsaba con sus potentes zancadas mientras sobresalía entre la multitud. Su melena albina proyectaba brillos gracias al sol eléctrico de la bulliciosa ciudad. No entendía a la mitad de los comerciantes que, ansiosos por una venta, le ofrecían infinidad de artículos. Si bien hay que decir que sus rasgos fríos y duros como el hielo, conseguían alejar a la otra mitad. El chamán de su tribu le había recomendado perderse por el mercado que se formaba en el cruce principal de la gran urbe.

Lesthar por fin había conseguido reunir el valor necesario para renunciar a su trabajo. Nunca más volvería a analizar el clima de este mundo moribundo. Cientos de generaciones que siempre obtenían los mismos resultados, nada iba a alterarlos. Harto de no aportar nada a la Historia, decidió hacer un cambio. No sabía aún cuál, pero pronto lo averiguaría. Sus pasos le llevaron al mercado de Reik, el principal de Protos.

Los gritos de algún pobre desgraciado que iba a ser troturado en la tarima central resonaban por toda la plaza. Lesthar no podía soportarlo, no esta vez. Sabía que estaba quebrantando la ley pero ya cargaría con las consecuencias más adelante. Se dirigió a la muralla  y no se percató de la enorme sombra que le seguía.

Pronto, el artefacto que hacía las veces de Sol se ocultaría por el oeste. Mientras se apoyaba en la barandilla que limitaba el acceso al borde de la muralla, Lesthar se puso a cavilar sobre lo que sabía y siempre le tranquilizaba, el clima. Las nefastas consecuencias de siglos de explotación. Temperaturas que no subían de los cero grados ni en el mejor de los veranos y tormentas de hielo era el pan de cada día. Y eso que estaban en la zona cálida del ecuador del planeta.Menos mal que tenían su bien amada cúpula solar. 

Tan perdido estaba Lesthar en su mente que no se do cuenta de la mano que amistosamente le tocaba el hombro. 

Hurslak sacudió al pequeño hombrecillo para que le reconociera. Su tamaño, aumentado por las pieles de takas, ojos azules y piel tan blanca que rozaba la transparencia ayudaron a que el humano, sobresaltado, emitiese un grito.

- ¡M-me has asustado! - Hurslak retrocedió torpemente.

- Lo apolo homino, no ere la mi intento.

Se quedan mirándose el uno al otro durante unos instantes. Hasta que se cruzan sus miradas y Hurslak dijo:

- Se me dijo de encontrare a homino sin vinculose alguno.

- Lo siento amigo. - contestó Lesthar - No sé de qué me hablas. Sólo estoy aquí porque qui...

- ¿Resultase sere hómino tempus? ¿Hómino tempus líbere?

- ¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo dijo? Pues sí que va rá...

- Se me dijo de encontrare a homino sin vinculose alguno. - Repitió Hurslak.

Entoces Lesthar lo entendió. Desconocía cómo lo había hecho el bárbaro, pero ese nativo entendía su alma. La conexión fue instantánea. Supo que ese año le tocaba a él. 

- ¿Le sire posee vivetus?

- Sí sí, podemos ir a... No, espera, allí me vendrán a buscar y eso puede esperar. Vamos a mezclarnos entre el público e ir a una buena posada que conozco, que pronto anochecerá.

Efectivamente ya era de noche cuando la curiosa pareja entró en la posada número nueve de la ciudad. Pidieron un par de cervezas y se sentaron cerca de uno de los calefactores. Hurslak se quitó las pieles de takas y las colgó de manera que su parte de foco de calor quedaba tapada. Algunas mozas comenzaron a lanzar traviesas miradas.

- Le mio nomenum sere Hurslak. ¿Le sire posee nomenum?

- Lesthak nomenum he. Y bien, dime Hurslak, ¿que es lo que le toca al oferendum este año?

- Data puede esperate. Primero he historia.

Y Hurslak le contó a Lesthar así la vida de su pueblo, los nativos. 

El hómino tempus conocía la mayoría de los hechos. Cómo hace cerca de dos milenios sus ancestros intentaron advertirnos sobre la catástrofe que se avecinaba. Y cómo nosotros, el resto del mundo hicimos oídos sordos. Así, cuando el clima cambió drásticamente, los que pronto se convertirían en los nativos, resentidos por no haber sido atendidos,  dieron la espalda a los hóminos. La radiación, causada por la última guerra atómica que el planeta iba a ver, obligo a éstos a refugiarse en ciudades-fortaleza.

Por su parte, los nativos encontraron su nuevo hogar en armonía con la Naturaleza. Ésta, corrompida como estaba por los actos de los hóminos, no tardó en morir y llevarse el calor del mundo. Pero ellos se adaptaron a su nuevo entorno rápidamente, mientras que las luces de las ciudades-fortaleza se iban a pagando poco a poco. Protos era una de las sesenta y tres restantes.

Como culpables que eran los hóminos, se comprometieron a rendir tributo una vez al año a los nativos, el oferendum. Éste, elegido por ellos, se comprometía a hacer su voluntad por un día. No habría consecuencias. Este rito, al principio exitoso, pronto calló en desuso, puesto que los nativos no lo reclamaban muy a menudo. Sin embargo, en los últimos años comenzaron a solicitarlo con frecuencia.

- Y ese, amicus, sere homino tempus líbere este ciclo.

- Bien Hurslak, ¿y qué es lo que se espera de mi como oferendum?

- Homino obligate marchar con Hurslak.

Tras un incómodo silencio Lesthar le respondió. - Te puedo llevar dónde quieras en Protos, gracias a mi trabajo me recorrí todos los callejones. - Mientras se seguía explicando, sabía con certeza que no era eso lo que el nativo quería.

- Non hómino, tu lo sabio.

Lesthar no sabía cómo reaccionar. Entonces recordó lo que le dijo el nativo. Éste buscaba a un hombre que no tuviese vínculos. Él acaba de renunciar a su trabajo, la única conexión real que tenía con el lugar. Su poca familia y amigos hace ya tiempo se rindieron en esta vida. No tenía nada que perder.

- Si voy contigo la radiación me matará en pocos días.

- Non te preocupare hómino, yo cuidaré el ti alma.

Y fue precisamente la convicción con la que Hurslak lo dijo la que convenció al hómino tempus de que la radiación no sería un problema. En ese momento, Lesthar ya sabía que iría con él.

- Una pregunta más e iré contigo. ¿Por qué yo?

Una sonrisa cruzó el rostro de Hurslak

- Facile amicus, el hómino no quiere mirarlo. 

Lesthar pagó lo que debía al posadero a la mañana siguiente. Dos gramos de pólvora y un casquillo de bala por persona y hospedaje completo, la tarifa estándar por ley. Cuando el sol eléctrico comenzaba a aparecer por el este, la curiosa pareja es caminó a la puerta número tres.

El pase de científico de Lesthar permitía a este salir a voluntad, con las medidas reglamentarias, y alejarse quinientos metros de la muralla. El nativo por su parte no tenía problema alguno en regresar a su hogar.

Cuando Lesthar dejó de ver Protos gracias a la incesante tormenta, se quitó el respirador de la espalda, no lo iba a necesitar nunca más. En toda su vida, el científico siempre había seguido unas reglas, moldeaban su forma de ver el mundo. Ahora, por primera vez, se oponía abiertamente a ese orden asfixiante.

No sabía a dónde se dirigían, ni si quiera si iba a sobrevivir después de la jornada, lo único que hacía era seguir los pasos que el nativo iba dejando en la nieve. Durante la primera noche durmieron en un agujero que Hurslak excavó con sus propias manos. Un par de células de energía que Lesthar había traído consigo le dieron suficiente calor para descansar. El nativo no parecía necesitarlo.

- Hómino, allá en donde caminamos no justificarás eso.

Lesthar, consciente de que la batería no duraría para siempre, no respondió.

Al día siguiente, tras caminar unas horas la tormenta cesó. El hómino había leído sobre ello, pero nunca le dio crédito. Las últimas imágenes que tuvieron gracias a los satélites mostraban un globo blanco tormentoso en todos sus puntos. Pero claro, eso fue hace mil quinientos años, antes de que fallaran las comunicaciones.

- ¡Pero esto es increíble! ¡Aquí no hay tormenta! ¡Tenemos que volver a decírselo a todos!

- Hómino sere líbere para retorno. Pero retorna solitario.

Por el Sol, Lesthar supo que estaban yendo al noroeste, pero no iba a ser capaz de encontrar él solo el camino en mitad del temporal. Además era consciente de que ya era tarde, la radiación no tardaría en hacer efecto, pero seguía confiando ciegamente en el nativo.

En el segundo campamento Hurslak prendió fuego a unos saquitos que sacó de su mochila. Lesthar no había visto un fuego así jamás. La madera en Protos era un bien preciado y no se quemaba. Los saquitos chisporroteaban y emanaban de ellos un calor envolvente, en el que el hómino no tardó en dormirse.

A la mañana siguiente Lesthar le preguntó al nativo que de dónde había conseguido el serrín.

- Non sere serrine amicus, sere resto de tropos.

Ese día no avanzaron. Ese día Hurslak le contó a Lesthar el motivo del viaje.