martes, 26 de noviembre de 2013

Capítulo 2

Grickter se despertó de un sobresalto en su pequeño cubículo asignado. Los retazos de un sueño demasiado real se disiparon en su mente aún más rápido que una bala en el suelo del mercado del Reik. Como era demasiado pronto, se puso a revisar sus notas para la presentación de su idea.

Cuando llegó el momento, el hómino se duchó con parte de su ración mensual de agua tratada. Un día es un día. Se puso su uniforme de climatólogo y ensayó su discurso una vez más frente al espejo de la puerta.

Al salir cerró su hogar con la pulsera con su chip identificativo. Ningún hómino las llevaba subcutáneas desde que las pistolas de inyección dejaron de funcionar. Callejeó de memoria por esos pasadizo tan familiares. Antes de ver la Avenida Central del Nivel 7 la sintió retumbar bajo sus botas. El creciente murmullo del despertar de la ciudad le acompañó todo el trayecto hasta tenerlo frente a sus ojos.

Cientos de personas se dirigían a los ascensores de nivelación. Infinidad de almas que día tras día realizaban el mismo cometido, sobrevivir un día más. Grickter se entregó al río bullicioso de la ciudad. Tenía aún más tiempo del que necesitaba.

Continuó elaborando su idea incluso cuando la marabunta de gente le llevó por galerías para nada convenientes dado su destino, pero decidió arriesgarse. Al poco de llegar al Nivel 10 ya percibió la inconveniencia de su abrigoso atuendo. La temperatura aumentaba conforme la ciudad se adentraba como virus terminal en la célula de la tierra.

La Avenida Central del Nivel 10 estaba cerrada esa mañana. Sucesos como este eran comunes en la rutina del climatólogo. Ya se enteraría con la prensa de mañana qué grupo sectario había decidido suicidarse esta vez.

Cuando por fin llegó al Instituto el sol eléctrico del nivel no había salido, sin embargo sus colegas ya estaban allí. Tomo asiento conforme a su rango y esperó pacientemente su turno.

El Catedrático Climatólogo tomó la palabra en primer lugar.

- Estimados colegas, abrimos esta reunión de excepción para elegir sucesor del Climatólogo de primer nivel el Doctor Lesthar Rentbrick, número de permiso 193.428 cesado por suicidio.

A continuación el venerable anciano pasó a enumerar todas las tareas que, como Climatólogo de nivel uno, el sustituto deberá hacer. Grickter era perfectamente consciente de los entresijos del puesto, no en vano había pasado sus últimos cuatro años estudiando bajo la protección de uno de ellos.

Lo que más ansiaba era el poder que conllevaba. El Catedrático jamás mencionaría las ventajas que suponía el cargo. Omitiría tácitamente cualquier referencia a la libertad y acceso a recursos de primer régimen científico a sabiendas de que todo su público pensaba únicamente en ello.

Por lo visto, el pobre diablo que había dejado su plaza libre no se llevaba bien con su superior, el mismo que ahora, con voz monótona, continuaba enumerando responsabilidades. Había renunciado enfurecidamente a su cargo por una disputa aún desconocida y al día siguiente se perdió en la Tormenta Blanca.

Su comportamiento no fue extraño para la sociedad de Protos. Todos los días había alguien que, cansado de luchar y esperando un cambio que nunca se materializaba, se pegaba un tiro en boca, se envenenaban o salían fuera de la cúpula para nunca volver. Esta vez le había tocado a un reputado científico. Qué se le va a hacer. Donde unos pocos veían una pérdida irreparable, muchos otros veían ahora su oportunidad. Y Grickter era uno de ellos.

Escuchó fingiendo interés el discurso de los candidatos previos a él. Planteaba cuestiones complejas para intentar dejarlos en evidencia. El indeciso aspirante le lanzaba miradas cargadas de odio, pero así era el juego. Cuando llegó el turno de Grickter la situación poco cambió.

- Ya hemos escuchado diecisiete historias. ¡Diecisiete! Y todas ellas tienen un punto en común. Es más, me atrevo a decir que las dos restantes también, y ni si quiera conozco a los candidatos después de mí.

"Si yo me convierto en uno de ustedes, venerable jurado, dedicaré mis esfuerzos en avanzar en aquello que nadie ha intentado durante los últimos siglos. - Entonces un murmullo de incertidumbre empezó a recorrer la sala - Algo que durante más de un milenio representó nuestro verdadero espíritu de supervivencia, nuestr... - El murmullo se convirtió en un corto abucheo que el Catedrático no tardó en zanjar con golpes de su bastón.

- Como iba diciendo - retomó Grickter-  algo que en sí mismo nos definía como raza. Algo que hoy en día está, y lo podemos ver claramente en esta sala estimado jurado, rozando la paradójica herejía científica. 

- ¡NO ES ASÍ! ¡ESTÁ DEMOSTRAD...!

- ¡ORDEN! Candidato número seis, si le vuelvo a oír en lo que queda de proceso está descalificado automáticamente. Un Climatólogo de primer nivel ha de saber escuchar, razonar, meditar su respuesta y exponerla científicamente, y usted no da buen ejemplo de nada de ello. Si valora su futuro, cállese.

El Catedrático Ginpol podría no compartir las ideas de cambio de Grickter, pero sabía poner a la gente en su sitio cuando era necesario. 

- Retomo mi defensa donde la dejé, les pido un poco más de paciencia. En mi camino a esta sala he visto veintitrés ciudadanos como nosotros que voluntariamente decidieron estamparse contra el suelo al dejarse caer desde lo alto del Palacio de Justicia. Todos en esta sala hemos visto imágenes similares meses tras meses. 

"Ya se cuentan por centenares los cultos que tienen a la cúpula por una especie de dios protector, o al sol eléctrico por fuente de vida y redención. Los suicidios en masa ya son tan frecuentes como los individuales, y eso que el año pasado tuvimos más de seiscientos casos.

"Llevamos décadas sin tener noticias de las ciudades más allá de la 43. Nuestro comercio con las vecinas decrece año tras año. Continuamos moviéndonos por el ecuador, y no salimos de esa franja de quinientos metros al norte y al sur, sin embargo cruzamos cientos de kilómetros al este y oeste para comerciar.

"Y yo os digo ¿dónde quedó nuestro espíritu aventurero? ¿cuándo decidisteis rendiros? ¿Qué día tirasteis la toalla? Porque ese día moristéis sin saberlo. ¡Vamos al Norte! ¡Vamos al Sur! Nos morimos. Aunque nos cueste reconocerlo, esto ya está acabado. Las ciudades morirán pronto y nosotros con ellas. La purga que nosotros comenzamos habrá concluido.

"¡Adaptémonos! Tenemos que adelantarnos, explorar y adaptarnos. Propongo centrar mis recursos en esta meta estimado jurado. Eso es todo.

La desaprobación era evidente. Grickter se había preparado mentalmente para el rechazo. Pero aquello lo abrumó. Se dio cuenta de las implicaciones de sus actos. Los compañeros de trabajo, que siempre habían sido amables, veían ahora la verdadera cara del rebelde. Y lo repudiaban.

Estaban demasiado acostumbrados a su trabajo, a no cuestionarse los conocimientos que su predecesor les había pasado. La falta de cuestionarse la realidad les había adormecido la mente. Temerosos de perder su estatus, desaprobaban todo lo que implicase un cambio en su rutina.

Grickter se dio cuenta que pasara lo que pasara su vida laboral iba a cambiar. Si salía elegido tendría que lidiar con unos subordinados rebeldes que no le respetaban en absoluto, y si no conseguía el puesto sería repudiado dentro de su propio nivel. 

Como para demostrar lo acertado del último pensamiento, sus por ahora compañeros comenzaron a hacerle preguntas insidiosas.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Capítulo 1

Hurslak estaba perdido, y no le importaba.

Lesthar estaba perdido, y no le importaba.

Mientras que a uno lo que le movían los pies era el corazón, al otro era la libertad que sientes cuando rompes la rutina. Uno buscaba una señal, y el otro no quería ser encontrado.

Hurslak se impulsaba con sus potentes zancadas mientras sobresalía entre la multitud. Su melena albina proyectaba brillos gracias al sol eléctrico de la bulliciosa ciudad. No entendía a la mitad de los comerciantes que, ansiosos por una venta, le ofrecían infinidad de artículos. Si bien hay que decir que sus rasgos fríos y duros como el hielo, conseguían alejar a la otra mitad. El chamán de su tribu le había recomendado perderse por el mercado que se formaba en el cruce principal de la gran urbe.

Lesthar por fin había conseguido reunir el valor necesario para renunciar a su trabajo. Nunca más volvería a analizar el clima de este mundo moribundo. Cientos de generaciones que siempre obtenían los mismos resultados, nada iba a alterarlos. Harto de no aportar nada a la Historia, decidió hacer un cambio. No sabía aún cuál, pero pronto lo averiguaría. Sus pasos le llevaron al mercado de Reik, el principal de Protos.

Los gritos de algún pobre desgraciado que iba a ser torturado en la tarima central resonaban por toda la plaza. Lesthar no podía soportarlo, no esta vez. Sabía que estaba quebrantando la ley pero ya cargaría con las consecuencias más adelante. Se dirigió a la muralla  y no se percató de la enorme sombra que le seguía.

Pronto, el artefacto que hacía las veces de Sol se ocultaría por el oeste. Mientras se apoyaba en la barandilla que limitaba el acceso al borde de la muralla, Lesthar se puso a cavilar sobre lo que sabía y siempre le tranquilizaba, el clima. Las nefastas consecuencias de siglos de explotación. Temperaturas que no subían de los cero grados ni en el mejor de los veranos y tormentas de hielo eran el pan de cada día. Y eso que la ciudad estaba en la zona cálida del ecuador del planeta. Menos mal que tenían su bien amada cúpula solar.

Tan perdido estaba Lesthar en su mente que no se dio cuenta de la mano que amistosamente le tocaba el hombro.

Hurslak sacudió al pequeño hombrecillo para que le reconociera. Su tamaño, aumentado por las pieles de takas, ojos grises y piel tan blanca que rozaba la transparencia ayudaron a que el humano, sobresaltado, emitiese un grito.

- ¡M-me has asustado! - Hurslak retrocedió torpemente.

- Lo apolo homino, no ere la mi intento.

Se quedan estudiándose el uno al otro durante unos instantes. Hasta que se cruzan sus miradas y Hurslak dijo:

- Se me dijo de encontrare a homino sin vinculose alguno.

- Lo siento amigo. - contestó Lesthar - No sé de qué me hablas. Sólo estoy aquí porque qui...

- ¿Resultase sere hómino tempus? ¿Hómino tempus líbere?

- ¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo dijo? Pues sí que va rá...

- Se me dijo de encontrare a homino sin vinculose alguno. - Repitió Hurslak.

Entonces Lesthar lo entendió. Desconocía cómo lo había hecho el bárbaro, pero ese nativo entendía su alma. La conexión fue instantánea. Supo que ese año le tocaba a él.

- ¿Le sire posee vivetus?

- Sí sí, podemos ir a... No, espera, allí me vendrán a buscar y eso puede esperar. Vamos a mezclarnos entre el público e ir a una buena posada que conozco, que pronto anochecerá.

Efectivamente ya era de noche cuando la curiosa pareja entró en la posada número nueve de la ciudad. Pidieron un par de cervezas y se sentaron cerca de uno de los calefactores. Hurslak se quitó las pieles de takas y las colgó de manera que su parte de foco de calor quedaba tapada. Algunas mozas comenzaron a lanzar traviesas miradas.

- Le mío nomenum sere Hurslak. ¿Le sire posee nomenum?

- Lesthar nomenum he. Y bien, dime Hurslak, ¿qué es lo que le toca al oferendum este año?

- Data puede esperate. Primero he historia.

Y Hurslak le contó a Lesthar así la vida de su pueblo, los nativos.

El hómino tempus conocía la mayoría de los hechos. Cómo hace cerca de dos milenios sus ancestros intentaron advertirnos sobre la catástrofe que se avecinaba. Y cómo nosotros, el resto del mundo hicimos oídos sordos. Así, cuando el clima cambió drásticamente, los que pronto se convertirían en los nativos, resentidos por no haber sido atendidos,  dieron la espalda a los hóminos. La radiación, causada por la última guerra atómica que el planeta iba a ver, obligo a éstos a refugiarse en ciudades-fortaleza.

Por su parte, los nativos encontraron su nuevo hogar en armonía con la Naturaleza. Ésta, corrompida como estaba por los actos de los hóminos, no tardó en morir y llevarse el calor del mundo. Pero ellos se adaptaron a su nuevo entorno rápidamente, mientras que las luces de las ciudades-fortaleza se iban a pagando poco a poco. Protos era una de las sesenta y tres restantes.

Como culpables que eran los hóminos, se comprometieron a rendir tributo una vez al año a los nativos, el oferendum. Éste, elegido por ellos, se comprometía a hacer su voluntad por un día. No habría consecuencias. Este rito, al principio exitoso, pronto calló en desuso, puesto que los nativos no lo reclamaban muy a menudo. Sin embargo, en los últimos años comenzaron a solicitarlo con frecuencia.

- Y ese, amicus, sere homino tempus líbere este ciclo.

- Bien Hurslak, ¿y qué es lo que se espera de mi como oferendum?

- Homino obligate marchar con Hurslak.

Tras un incómodo silencio Lesthar le respondió. - Te puedo llevar dónde quieras en Protos, gracias a mi trabajo me recorrí todos los callejones. - Mientras se seguía explicando, sabía con certeza que no era eso lo que el nativo quería.

- Non. Hómino, tu lo sabio.

Lesthar no sabía cómo reaccionar. Entonces recordó lo que le dijo el nativo. Éste buscaba a un hombre que no tuviese vínculos. Él acaba de renunciar a su trabajo, la única conexión real que tenía con el lugar. Su poca familia y amigos hace ya tiempo se rindieron en esta vida. No tenía nada que perder.

- Si voy contigo la radiación me matará en pocos días.

- Non te preocupare hómino, yo cuidaré el ti alma.

Y fue precisamente la convicción con la que Hurslak lo dijo la que convenció al hómino tempus de que la radiación no sería un problema. En ese momento, Lesthar ya sabía que iría con él.

- Una pregunta más e iré contigo. ¿Por qué yo?

Una sonrisa cruzó el rostro de Hurslak

- Facile amicus, el hómino no quiere mirarlo.

Lesthar pagó lo que debía al posadero a la mañana siguiente. Dos gramos de pólvora y un casquillo de bala por persona y hospedaje completo, la tarifa estándar por ley. Cuando el sol eléctrico comenzaba a aparecer por el este, la curiosa pareja se encaminó a la puerta número tres.

El pase de científico de Lesthar permitía a este salir a voluntad, con las medidas reglamentarias, y alejarse quinientos metros de la muralla. El nativo por su parte no tenía problema alguno en regresar a su hogar.

Cuando Lesthar dejó de ver Protos gracias a la incesante tormenta, se quitó el respirador de la espalda, no lo iba a necesitar nunca más. En toda su vida, el científico siempre había seguido unas reglas, moldeaban su forma de ver el mundo. Ahora, por primera vez, se oponía abiertamente a ese orden asfixiante.

No sabía a dónde se dirigían, ni si quiera si iba a sobrevivir después de la jornada, lo único que hacía era seguir los pasos que el nativo iba dejando en la nieve. Durante la primera noche durmieron en un agujero que Hurslak excavó con sus propias manos. Un par de células de energía que Lesthar había traído consigo le dieron suficiente calor para descansar. El nativo no parecía necesitarlo.

- Hómino, allá en donde caminamos no justificarás eso.- Lesthar, consciente de que la batería no duraría para siempre, no respondió.

Hurslak le tendió sin embargo uno de los hongos que se estaba comiendo.

- Come, para biene será.

 Lesthar terminó la pequeña ración de aquel hongo seco sin preguntar y se durmió.

Durante la primera semana nada cambiaba frente a sus ojos. La incesante tormenta no permitía ver más allá de los veinte metros. En la tarde del octavo día, Lesthar comenzó a distinguir una silueta en lo que intuía sería el cielo. Lesthar sintió cómo dentro de su espíritu algo se movía y le hacía caminar más deprisa.

Al día siguiente, tras recorrer unos kilómetros, la tormenta cesó. Ante él se abría una infinita llanura blanca más grande que todo el mundo de Lesthar hasta el momento. El hómino había leído sobre ello, pero nunca le dio crédito. Las últimas imágenes que tuvieron gracias a los satélites mostraban un globo blanco tormentoso en todos sus puntos. Pero claro, eso fue hace mil quinientos años, antes de que fallaran las comunicaciones.
Y entonces lo vio.

- ¡El Sol! ¡Hemos encontrado el Sol!

Lesthar fue uno de los pocos hóminos que volvieron a sentir el calor del astro rey en su piel.

- Hómino descanse la tu mirada, ojos no funcionan. - Lesthar siguió el consejo.

- ¡Pero esto es increíble! ¡Aquí no hay tormenta! ¡Tenemos que volver a decírselo a todos!

- Hómino sere líbere para retorno. Pero retorna solitario.

Por el Sol, y gracias a los libros, Lesthar supo que estaban yendo al noroeste, pero no iba a ser capaz de encontrar él solo el camino en mitad del eterno temporal. Además era consciente de que ya era tarde, la radiación no tardaría en hacer efecto, pero seguía confiando ciegamente en el nativo. La sentía dentro del pecho, como una enfermedad.

El resto del día Lesthar lo dedicó a contemplar su primer atardecer. Nunca había visto semejantes colores. Largas lenguas naranjas iban dando paso a un azul cada vez más oscuro. Los pequeños puntos brillantes, que sabía eran estrellas, surgían en un firmamento que parecía transparente. Como si el mero hecho de alargar la mano y tocarlo fuera posible.

En el segundo campamento Hurslak prendió fuego a unos saquitos que sacó de su mochila. Lesthar no había visto un fuego así jamás. La madera en Protos era un bien preciado y no se quemaba. Los saquitos chisporroteaban sin llama y emanaban de ellos un calor envolvente, en el que el hómino no tardó en dormirse.
A la mañana siguiente Lesthar le preguntó al nativo que de dónde había conseguido el serrín.

- Non sere serrine amicus, sere resto de tropos.

Ese día no avanzaron. Ese día Hurslak le contó al hómino el motivo real del viaje.



A la siguiente mañana reanudaron el camino. Lesthar seguía fascinado por esa esfera amarilla que coronaba el cielo. Soñaba con la infinidad de implicaciones que este hallazgo implicaría para su ciencia. La supervivencia de la especie está prácticamente garantizada.

Por su parte, Hurslak los guiaba con paso firme y en línea recta hacia un punto en el horizonte que sólo él distinguía. El pequeño hómino aprendía deprisa los fundamentos de La Madre. Si bien no su color de piel, su compañero de viaje tenía su respeto. Los hongos con los que le alimentaba iban cumpliendo su función. El hómino no se daba cuenta, pero había crecido dos centímetros desde que partieron.

Continuaron durante dos semanas más compartiendo el camino. En ellas, el nativo hacía lo posible por transmitir sus conocimientos sobre La Madre. Lesthar escuchaba sin interrumpir, casi de forma reverencial. Su mente se reestructuraba rápidamente a las consecuencias de todos esos descubrimientos. Multitud de preguntas sin responder encontraban al fin la ansiada solución. Sin embargo, los dos últimos días algo le había distraído. Un pequeño bulto los acompañaba en el horizonte.

- Hurslak, ¿qué es eso que nos sigue?

- Sere un taka. Ella está cazando.

Lesthar conocía bien a las hembras de taka. Rara vez atacaban a los hóminos. Pero en casos de extrema necesidad se aventuraban con los hóminos armados. Se necesitaban demasiadas balas para derribar a una sola taka. En sus expediciones perdió a más de veinte hombres en sus fauces.

- Domani atacará.

La tranquilidad con la que Hurslak lo dijo tranquilizó en cierta manera al hómino. El nativo tenía toda la fachada de ser un guerrero consumado.

Y así, al día siguiente una masa enfurecida de pelo blanco con casi una tonelada de peso cargó directamente contra ellos. A pesar de estar a varios centenares de metros, Lesthar sentía las vibraciones en el suelo. Aterrorizado como estaba, no dejo de mirar como lo que ayer era un pequeño punto en la distancia se convertía en su peor miedo. Ya conseguía distinguir sus enormes caninos, capaces de partir a un hombre en dos.

En un momento de brillantez, su mano corrió presta a su arma reglamentaria. Lo único que encontró fue su mochila. Demasiado tarde se acordó que al no ser una expedición oficial no podía salir con armas de la ciudad. El pánico se apoderó de él. ¿Qué locura le había llevado a aceptar? Definitivamente se había anticipado en su elección.

El nativo se situó a su lado y le tocó un hombro, y como un bálsamo, impregno a Lesthar de su confianza. Se adelantó diez pasos y afianzó los pies en posición de defensa. El hómino no sabía de dónde había sacado Hurslak el imponente martillo de batalla que ahora blandía en lentos círculos por encima de su cabeza, preparándose para lo que le venía.

Las luces que el Sol creaba gracias a los reflejos del martillo terminaron de tranquilizar a Lesthar. El ejemplar de taka que se acercaba era una hembra completamente desarrollada. La saliva goteaba por sus comisuras de forma grotesca. Sus zarpazos levantaban esquirlas de hielo que brillaban efímeramente antes de tocar el suelo de nuevo.

Cuando quedaban diez metros para la colisión, la taka se abalanzó con sus tremendos cuartos traseros sobre Hurslak. Éste, conocedor de las tácticas de caza de todos los depredadores de La Madre, se desplazó hacia su derecha mientras giraba sobre sí mismo añadiendo más impulso a la trayectoria circular del martillo. La sincronización fue tal que Hurslak consiguió impactar de lleno en el costado izquierdo de la taka.

La hembra consiguió absorber la mayoría de la energía del golpe, pero cojeaba ligeramente de su pata delantera izquierda. Ya había perdido la iniciativa, estaban empatados. Comenzaron a estudiarse uno al otro detenidamente. La tensión se podía palpar, sólo uno sobreviviría. La majestuosidad de la imagen de dos fuerzas luchando por su existencia se desvaneció abruptamente cuando Hurslak consiguió cegar a la taka con el brillo de su martillo.

Lesthar también se cegó por un breve instante. Fue suficiente para oír tres sonidos que jamás olvidaría. El aullido lastimero de un ser vivo que sabe que ha cometido su último error. Cortado de repente por un sonido que el hómino recordaría como madera al partirse seguido de algo gelatinoso que se cae al suelo. Y el tercer y último sonido fue el que le terminó por desgarrar el alma. Un gruñido seco, contenido y muy breve.

Cuando Lesthar recuperó la visión, lo primero que vio fue un cuerpo de taka tendido e inerte. Un charco rojo carmesí se había formado en donde se intuía antes tenía la cabeza. Al acercarse vio que el nativo estaba recostado contra el animal. Uno de los cuernos del taka sobresalía de su pecho.

Hurslak se moría y lo sabía. Sin embargo, la simpleza del pensamiento calmaba al nativo. Su existencia había sido satisfactoria y el momento ya había sido vaticinado. Abrió los ojos y se encontró el amanecer más bonito que nunca había visto. Tenía suerte de morir así. Era feliz. Su legado perduraría.

Con el último aliento que su cuerpo iba a expirar jamás, consiguió decir:

- La Madre no perdona.

Lesthar no se lo creía. No le podía estar pasando esto. ¡Se suponía que iba a llevarle con su pueblo! ¿Qué tenía que hacer ahora? Miles de idea confusas nublaban su mente. No daba crédito a lo sucedido. En más de una ocasión intentó despertar de la pesadilla en la que se había convertido su vida de repente. Estaba solo en un mundo que no conocía. Lleno de frustración y rabia, comenzó a gritar.

- ¡Joder! ¡Yo no pedí esto! Mierda, yo no pedí esto...

Cuando las lágrimas ya no llegaban y su voz hacía tiempo que quedó sin fuerza, Lesthar se acercó al nativo. Sentimientos encontrados le pasaban por su cabeza. Había llegado a apreciarle, pero ahora le odiaba por ponerle en la situación en la que estaba. Se quedó mirando la sangrienta herida durante más tiempo del que deseaba. Nunca olvidaría la imagen. Recogió todo lo que el nativo podía ofrecerle ahora, principalmente su comida y pieles. No se llevaría el martillo, no contaba con la musculatura y resistencia del nativo.

Fue entonces cuando se dio cuenta del símbolo en el suelo. Hurslak había dibujado una flecha.


Capítulo 2

Grickter se despertó de un sobresalto en su pequeño cubículo asignado. Los retazos de un sueño demasiado real se disiparon en su mente aún más rápido que una bala en el suelo del mercado del Reik. Como era demasiado pronto, se puso a revisar sus notas para la presentación de su idea.

Cuando llegó el momento, el hómino se duchó con parte de su ración mensual de agua tratada. Un día es un día. Se puso su uniforme de climatólogo y ensayó su discurso una vez más frente al espejo de la puerta.

Al salir cerró su hogar con la pulsera con el chip identificativo. Ningún hómino las llevaba subcutáneas desde que las pistolas de inyección dejaron de funcionar. Se entregó al río bullicioso de la ciudad. Tenía aún más tiempo del que necesitaba.


Continuó elaborando su idea incluso cuando la marabunta de gente le llevó por-------------

sábado, 10 de agosto de 2013

Día dos.

Hurslak estaba perdido, y no le importaba.

Lesthar estaba perdido, y no le importaba.

Mientras que a uno lo que le movían los piera el corazón, al otro era la libertad que sientes cuando rompes la rutina. Uno buscaba una señal, y el otro no quería ser encontrado.

Hurslak se impulsaba con sus potentes zancadas mientras sobresalía entre la multitud. Su melena albina proyectaba brillos gracias al sol eléctrico de la bulliciosa ciudad. No entendía a la mitad de los comerciantes que, ansiosos por una venta, le ofrecían infinidad de artículos. Si bien hay que decir que sus rasgos fríos y duros como el hielo, conseguían alejar a la otra mitad. El chamán de su tribu le había recomendado perderse por el mercado que se formaba en el cruce principal de la gran urbe.

Lesthar por fin había conseguido reunir el valor necesario para renunciar a su trabajo. Nunca más volvería a analizar el clima de este mundo moribundo. Cientos de generaciones que siempre obtenían los mismos resultados, nada iba a alterarlos. Harto de no aportar nada a la Historia, decidió hacer un cambio. No sabía aún cuál, pero pronto lo averiguaría. Sus pasos le llevaron al mercado de Reik, el principal de Protos.

Los gritos de algún pobre desgraciado que iba a ser troturado en la tarima central resonaban por toda la plaza. Lesthar no podía soportarlo, no esta vez. Sabía que estaba quebrantando la ley pero ya cargaría con las consecuencias más adelante. Se dirigió a la muralla  y no se percató de la enorme sombra que le seguía.

Pronto, el artefacto que hacía las veces de Sol se ocultaría por el oeste. Mientras se apoyaba en la barandilla que limitaba el acceso al borde de la muralla, Lesthar se puso a cavilar sobre lo que sabía y siempre le tranquilizaba, el clima. Las nefastas consecuencias de siglos de explotación. Temperaturas que no subían de los cero grados ni en el mejor de los veranos y tormentas de hielo era el pan de cada día. Y eso que estaban en la zona cálida del ecuador del planeta.Menos mal que tenían su bien amada cúpula solar. 

Tan perdido estaba Lesthar en su mente que no se do cuenta de la mano que amistosamente le tocaba el hombro. 

Hurslak sacudió al pequeño hombrecillo para que le reconociera. Su tamaño, aumentado por las pieles de takas, ojos azules y piel tan blanca que rozaba la transparencia ayudaron a que el humano, sobresaltado, emitiese un grito.

- ¡M-me has asustado! - Hurslak retrocedió torpemente.

- Lo apolo homino, no ere la mi intento.

Se quedan mirándose el uno al otro durante unos instantes. Hasta que se cruzan sus miradas y Hurslak dijo:

- Se me dijo de encontrare a homino sin vinculose alguno.

- Lo siento amigo. - contestó Lesthar - No sé de qué me hablas. Sólo estoy aquí porque qui...

- ¿Resultase sere hómino tempus? ¿Hómino tempus líbere?

- ¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo dijo? Pues sí que va rá...

- Se me dijo de encontrare a homino sin vinculose alguno. - Repitió Hurslak.

Entoces Lesthar lo entendió. Desconocía cómo lo había hecho el bárbaro, pero ese nativo entendía su alma. La conexión fue instantánea. Supo que ese año le tocaba a él. 

- ¿Le sire posee vivetus?

- Sí sí, podemos ir a... No, espera, allí me vendrán a buscar y eso puede esperar. Vamos a mezclarnos entre el público e ir a una buena posada que conozco, que pronto anochecerá.

Efectivamente ya era de noche cuando la curiosa pareja entró en la posada número nueve de la ciudad. Pidieron un par de cervezas y se sentaron cerca de uno de los calefactores. Hurslak se quitó las pieles de takas y las colgó de manera que su parte de foco de calor quedaba tapada. Algunas mozas comenzaron a lanzar traviesas miradas.

- Le mio nomenum sere Hurslak. ¿Le sire posee nomenum?

- Lesthak nomenum he. Y bien, dime Hurslak, ¿que es lo que le toca al oferendum este año?

- Data puede esperate. Primero he historia.

Y Hurslak le contó a Lesthar así la vida de su pueblo, los nativos. 

El hómino tempus conocía la mayoría de los hechos. Cómo hace cerca de dos milenios sus ancestros intentaron advertirnos sobre la catástrofe que se avecinaba. Y cómo nosotros, el resto del mundo hicimos oídos sordos. Así, cuando el clima cambió drásticamente, los que pronto se convertirían en los nativos, resentidos por no haber sido atendidos,  dieron la espalda a los hóminos. La radiación, causada por la última guerra atómica que el planeta iba a ver, obligo a éstos a refugiarse en ciudades-fortaleza.

Por su parte, los nativos encontraron su nuevo hogar en armonía con la Naturaleza. Ésta, corrompida como estaba por los actos de los hóminos, no tardó en morir y llevarse el calor del mundo. Pero ellos se adaptaron a su nuevo entorno rápidamente, mientras que las luces de las ciudades-fortaleza se iban a pagando poco a poco. Protos era una de las sesenta y tres restantes.

Como culpables que eran los hóminos, se comprometieron a rendir tributo una vez al año a los nativos, el oferendum. Éste, elegido por ellos, se comprometía a hacer su voluntad por un día. No habría consecuencias. Este rito, al principio exitoso, pronto calló en desuso, puesto que los nativos no lo reclamaban muy a menudo. Sin embargo, en los últimos años comenzaron a solicitarlo con frecuencia.

- Y ese, amicus, sere homino tempus líbere este ciclo.

- Bien Hurslak, ¿y qué es lo que se espera de mi como oferendum?

- Homino obligate marchar con Hurslak.

Tras un incómodo silencio Lesthar le respondió. - Te puedo llevar dónde quieras en Protos, gracias a mi trabajo me recorrí todos los callejones. - Mientras se seguía explicando, sabía con certeza que no era eso lo que el nativo quería.

- Non hómino, tu lo sabio.

Lesthar no sabía cómo reaccionar. Entonces recordó lo que le dijo el nativo. Éste buscaba a un hombre que no tuviese vínculos. Él acaba de renunciar a su trabajo, la única conexión real que tenía con el lugar. Su poca familia y amigos hace ya tiempo se rindieron en esta vida. No tenía nada que perder.

- Si voy contigo la radiación me matará en pocos días.

- Non te preocupare hómino, yo cuidaré el ti alma.

Y fue precisamente la convicción con la que Hurslak lo dijo la que convenció al hómino tempus de que la radiación no sería un problema. En ese momento, Lesthar ya sabía que iría con él.

- Una pregunta más e iré contigo. ¿Por qué yo?

Una sonrisa cruzó el rostro de Hurslak

- Facile amicus, el hómino no quiere mirarlo. 

Lesthar pagó lo que debía al posadero a la mañana siguiente. Dos gramos de pólvora y un casquillo de bala por persona y hospedaje completo, la tarifa estándar por ley. Cuando el sol eléctrico comenzaba a aparecer por el este, la curiosa pareja es caminó a la puerta número tres.

El pase de científico de Lesthar permitía a este salir a voluntad, con las medidas reglamentarias, y alejarse quinientos metros de la muralla. El nativo por su parte no tenía problema alguno en regresar a su hogar.

Cuando Lesthar dejó de ver Protos gracias a la incesante tormenta, se quitó el respirador de la espalda, no lo iba a necesitar nunca más. En toda su vida, el científico siempre había seguido unas reglas, moldeaban su forma de ver el mundo. Ahora, por primera vez, se oponía abiertamente a ese orden asfixiante.

No sabía a dónde se dirigían, ni si quiera si iba a sobrevivir después de la jornada, lo único que hacía era seguir los pasos que el nativo iba dejando en la nieve. Durante la primera noche durmieron en un agujero que Hurslak excavó con sus propias manos. Un par de células de energía que Lesthar había traído consigo le dieron suficiente calor para descansar. El nativo no parecía necesitarlo.

- Hómino, allá en donde caminamos no justificarás eso.

Lesthar, consciente de que la batería no duraría para siempre, no respondió.

Al día siguiente, tras caminar unas horas la tormenta cesó. El hómino había leído sobre ello, pero nunca le dio crédito. Las últimas imágenes que tuvieron gracias a los satélites mostraban un globo blanco tormentoso en todos sus puntos. Pero claro, eso fue hace mil quinientos años, antes de que fallaran las comunicaciones.

- ¡Pero esto es increíble! ¡Aquí no hay tormenta! ¡Tenemos que volver a decírselo a todos!

- Hómino sere líbere para retorno. Pero retorna solitario.

Por el Sol, Lesthar supo que estaban yendo al noroeste, pero no iba a ser capaz de encontrar él solo el camino en mitad del temporal. Además era consciente de que ya era tarde, la radiación no tardaría en hacer efecto, pero seguía confiando ciegamente en el nativo.

En el segundo campamento Hurslak prendió fuego a unos saquitos que sacó de su mochila. Lesthar no había visto un fuego así jamás. La madera en Protos era un bien preciado y no se quemaba. Los saquitos chisporroteaban y emanaban de ellos un calor envolvente, en el que el hómino no tardó en dormirse.

A la mañana siguiente Lesthar le preguntó al nativo que de dónde había conseguido el serrín.

- Non sere serrine amicus, sere resto de tropos.

Ese día no avanzaron. Ese día Hurslak le contó a Lesthar el motivo del viaje.