Hurslak estaba perdido, y no le importaba.
Lesthar estaba perdido, y no le importaba.
Mientras que a uno lo que le movían los pies era el corazón,
al otro era la libertad que sientes cuando rompes la rutina. Uno buscaba una
señal, y el otro no quería ser encontrado.
Hurslak se impulsaba con sus potentes zancadas mientras
sobresalía entre la multitud. Su melena albina proyectaba brillos gracias al
sol eléctrico de la bulliciosa ciudad. No entendía a la mitad de los
comerciantes que, ansiosos por una venta, le ofrecían infinidad de artículos.
Si bien hay que decir que sus rasgos fríos y duros como el hielo, conseguían
alejar a la otra mitad. El chamán de su tribu le había recomendado perderse por
el mercado que se formaba en el cruce principal de la gran urbe.
Lesthar por fin había conseguido reunir el valor necesario
para renunciar a su trabajo. Nunca más volvería a analizar el clima de este
mundo moribundo. Cientos de generaciones que siempre obtenían los mismos
resultados, nada iba a alterarlos. Harto de no aportar nada a la Historia,
decidió hacer un cambio. No sabía aún cuál, pero pronto lo averiguaría. Sus
pasos le llevaron al mercado de Reik, el principal de Protos.
Los gritos de algún pobre desgraciado que iba a ser torturado
en la tarima central resonaban por toda la plaza. Lesthar no podía soportarlo,
no esta vez. Sabía que estaba quebrantando la ley pero ya cargaría con las
consecuencias más adelante. Se dirigió a la muralla y no se percató de la
enorme sombra que le seguía.
Pronto, el artefacto que hacía las veces de Sol se ocultaría
por el oeste. Mientras se apoyaba en la barandilla que limitaba el acceso al
borde de la muralla, Lesthar se puso a cavilar sobre lo que sabía y siempre le
tranquilizaba, el clima. Las nefastas consecuencias de siglos de explotación.
Temperaturas que no subían de los cero grados ni en el mejor de los veranos y
tormentas de hielo eran el pan de cada día. Y eso que la ciudad estaba en la
zona cálida del ecuador del planeta. Menos mal que tenían su bien amada cúpula
solar.
Tan perdido estaba Lesthar en su mente que no se dio cuenta
de la mano que amistosamente le tocaba el hombro.
Hurslak sacudió al pequeño hombrecillo para que le
reconociera. Su tamaño, aumentado por las pieles de takas, ojos grises y piel
tan blanca que rozaba la transparencia ayudaron a que el humano, sobresaltado,
emitiese un grito.
- ¡M-me has asustado! - Hurslak retrocedió torpemente.
- Lo apolo homino, no ere la mi intento.
Se quedan estudiándose el uno al otro durante unos instantes.
Hasta que se cruzan sus miradas y Hurslak dijo:
- Se me dijo de encontrare a homino sin vinculose alguno.
- Lo siento amigo. - contestó Lesthar - No sé de qué me
hablas. Sólo estoy aquí porque qui...
- ¿Resultase sere hómino tempus? ¿Hómino tempus líbere?
- ¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo dijo? Pues sí que va rá...
- Se me dijo de encontrare a homino sin vinculose alguno. - Repitió Hurslak.
Entonces Lesthar lo entendió. Desconocía cómo lo había hecho
el bárbaro, pero ese nativo entendía su alma. La conexión fue instantánea. Supo
que ese año le tocaba a él.
- ¿Le sire posee vivetus?
- Sí sí, podemos ir a... No, espera, allí me vendrán a buscar
y eso puede esperar. Vamos a mezclarnos entre el público e ir a una buena
posada que conozco, que pronto anochecerá.
Efectivamente ya era de noche cuando la curiosa pareja entró
en la posada número nueve de la ciudad. Pidieron un par de cervezas y se
sentaron cerca de uno de los calefactores. Hurslak se quitó las pieles de takas
y las colgó de manera que su parte de foco de calor quedaba tapada. Algunas
mozas comenzaron a lanzar traviesas miradas.
- Le mío nomenum sere Hurslak. ¿Le sire posee nomenum?
- Lesthar nomenum he. Y bien, dime Hurslak, ¿qué es lo que le
toca al oferendum este año?
- Data puede esperate. Primero he historia.
Y Hurslak le contó a Lesthar así la vida de su pueblo, los
nativos.
El hómino tempus conocía la mayoría de los hechos. Cómo hace
cerca de dos milenios sus ancestros intentaron advertirnos sobre la catástrofe
que se avecinaba. Y cómo nosotros, el resto del mundo hicimos oídos sordos.
Así, cuando el clima cambió drásticamente, los que pronto se convertirían en
los nativos, resentidos por no haber sido atendidos, dieron la espalda a
los hóminos. La radiación, causada por la última guerra atómica que el planeta
iba a ver, obligo a éstos a refugiarse en ciudades-fortaleza.
Por su parte, los nativos encontraron su nuevo hogar en
armonía con la Naturaleza. Ésta, corrompida como estaba por los actos de los
hóminos, no tardó en morir y llevarse el calor del mundo. Pero ellos se
adaptaron a su nuevo entorno rápidamente, mientras que las luces de las
ciudades-fortaleza se iban a pagando poco a poco. Protos era una de las sesenta
y tres restantes.
Como culpables que eran los hóminos, se comprometieron a
rendir tributo una vez al año a los nativos, el oferendum. Éste, elegido por
ellos, se comprometía a hacer su voluntad por un día. No habría consecuencias.
Este rito, al principio exitoso, pronto calló en desuso, puesto que los nativos
no lo reclamaban muy a menudo. Sin embargo, en los últimos años comenzaron a
solicitarlo con frecuencia.
- Y ese, amicus, sere homino tempus líbere este ciclo.
- Bien Hurslak, ¿y qué es lo que se espera de mi como
oferendum?
- Homino obligate marchar con Hurslak.
Tras un incómodo silencio Lesthar le respondió. - Te puedo
llevar dónde quieras en Protos, gracias a mi trabajo me recorrí todos los
callejones. - Mientras se seguía explicando, sabía con certeza que no era eso
lo que el nativo quería.
- Non. Hómino, tu lo sabio.
Lesthar no sabía cómo reaccionar. Entonces recordó lo que le
dijo el nativo. Éste buscaba a un hombre que no tuviese vínculos. Él acaba de
renunciar a su trabajo, la única conexión real que tenía con el lugar. Su poca
familia y amigos hace ya tiempo se rindieron en esta vida. No tenía nada que
perder.
- Si voy contigo la radiación me matará en pocos días.
- Non te preocupare hómino, yo cuidaré el ti alma.
Y fue precisamente la convicción con la que Hurslak lo dijo
la que convenció al hómino tempus de que la radiación no sería un problema. En
ese momento, Lesthar ya sabía que iría con él.
- Una pregunta más e iré contigo. ¿Por qué yo?
Una sonrisa cruzó el rostro de Hurslak
- Facile amicus, el hómino no quiere mirarlo.
Lesthar pagó lo que debía al posadero a la mañana siguiente.
Dos gramos de pólvora y un casquillo de bala por persona y hospedaje completo,
la tarifa estándar por ley. Cuando el sol eléctrico comenzaba a aparecer por el
este, la curiosa pareja se encaminó a la puerta número tres.
El pase de científico de Lesthar permitía a este salir a
voluntad, con las medidas reglamentarias, y alejarse quinientos metros de la
muralla. El nativo por su parte no tenía problema alguno en regresar a su hogar.
Cuando Lesthar dejó de ver Protos gracias a la incesante
tormenta, se quitó el respirador de la espalda, no lo iba a necesitar nunca
más. En toda su vida, el científico siempre había seguido unas reglas,
moldeaban su forma de ver el mundo. Ahora, por primera vez, se oponía
abiertamente a ese orden asfixiante.
No sabía a dónde se dirigían, ni si quiera si iba a
sobrevivir después de la jornada, lo único que hacía era seguir los pasos que
el nativo iba dejando en la nieve. Durante la primera noche durmieron en un
agujero que Hurslak excavó con sus propias manos. Un par de células de energía
que Lesthar había traído consigo le dieron suficiente calor para descansar. El
nativo no parecía necesitarlo.
- Hómino, allá en donde caminamos no justificarás eso.-
Lesthar, consciente de que la batería no duraría para siempre, no respondió.
Hurslak le tendió sin embargo uno de los hongos que se estaba
comiendo.
- Come, para biene será.
Lesthar terminó la pequeña ración de aquel hongo seco
sin preguntar y se durmió.
Durante la primera
semana nada cambiaba frente a sus ojos. La incesante tormenta no permitía ver
más allá de los veinte metros. En la tarde del octavo día, Lesthar comenzó a
distinguir una silueta en lo que intuía sería el cielo. Lesthar sintió cómo
dentro de su espíritu algo se movía y le hacía caminar más deprisa.
Al día siguiente, tras recorrer unos kilómetros, la tormenta
cesó. Ante él se abría una infinita llanura blanca más grande que todo el mundo
de Lesthar hasta el momento. El hómino había leído sobre ello, pero nunca le dio
crédito. Las últimas imágenes que tuvieron gracias a los satélites mostraban un
globo blanco tormentoso en todos sus puntos. Pero claro, eso fue hace mil
quinientos años, antes de que fallaran las comunicaciones.
Y entonces lo vio.
- ¡El Sol! ¡Hemos encontrado el Sol!
Lesthar fue uno de los pocos hóminos que volvieron a sentir
el calor del astro rey en su piel.
- Hómino descanse la tu mirada, ojos no funcionan. - Lesthar
siguió el consejo.
- ¡Pero esto es increíble! ¡Aquí no hay tormenta! ¡Tenemos
que volver a decírselo a todos!
- Hómino sere líbere para retorno. Pero retorna solitario.
Por el Sol, y gracias a los libros, Lesthar supo que estaban yendo
al noroeste, pero no iba a ser capaz de encontrar él solo el camino en mitad
del eterno temporal. Además era consciente de que ya era tarde, la radiación no
tardaría en hacer efecto, pero seguía confiando ciegamente en el nativo. La
sentía dentro del pecho, como una enfermedad.
El resto del día Lesthar lo dedicó a contemplar su primer
atardecer. Nunca había visto semejantes colores. Largas lenguas naranjas iban
dando paso a un azul cada vez más oscuro. Los pequeños puntos brillantes, que
sabía eran estrellas, surgían en un firmamento que parecía transparente. Como
si el mero hecho de alargar la mano y tocarlo fuera posible.
En el segundo campamento Hurslak prendió fuego a unos
saquitos que sacó de su mochila. Lesthar no había visto un fuego así jamás. La
madera en Protos era un bien preciado y no se quemaba. Los saquitos
chisporroteaban sin llama y emanaban de ellos un calor envolvente, en el que el
hómino no tardó en dormirse.
A la mañana siguiente Lesthar le preguntó al nativo que de
dónde había conseguido el serrín.
- Non sere serrine amicus, sere resto de tropos.
Ese día no avanzaron. Ese día Hurslak le contó al hómino el
motivo real del viaje.
A la siguiente mañana reanudaron el camino. Lesthar seguía fascinado por esa esfera amarilla que coronaba el cielo. Soñaba con la infinidad de implicaciones que este hallazgo implicaría para su ciencia. La supervivencia de la especie está prácticamente garantizada.
Por su parte, Hurslak los guiaba con paso firme y en línea recta
hacia un punto en el horizonte que sólo él distinguía. El pequeño hómino
aprendía deprisa los fundamentos de La Madre. Si bien no su color de piel, su
compañero de viaje tenía su respeto. Los hongos con los que le alimentaba iban
cumpliendo su función. El hómino no se daba cuenta, pero había crecido dos
centímetros desde que partieron.
Continuaron durante dos semanas más compartiendo el camino.
En ellas, el nativo hacía lo posible por transmitir sus conocimientos sobre La
Madre. Lesthar escuchaba sin interrumpir, casi de forma reverencial. Su mente
se reestructuraba rápidamente a las consecuencias de todos esos
descubrimientos. Multitud de preguntas sin responder encontraban al fin la
ansiada solución. Sin embargo, los dos últimos días algo le había distraído. Un
pequeño bulto los acompañaba en el horizonte.
- Hurslak, ¿qué es eso que nos sigue?
- Sere un taka. Ella está cazando.
Lesthar conocía bien a las hembras de taka. Rara vez atacaban
a los hóminos. Pero en casos de extrema necesidad se aventuraban con los
hóminos armados. Se necesitaban demasiadas balas para derribar a una sola taka.
En sus expediciones perdió a más de veinte hombres en sus fauces.
- Domani atacará.
La tranquilidad con la que Hurslak lo dijo tranquilizó en
cierta manera al hómino. El nativo tenía toda la fachada de ser un guerrero
consumado.
Y así, al día siguiente una masa enfurecida de pelo blanco
con casi una tonelada de peso cargó directamente contra ellos. A pesar de estar
a varios centenares de metros, Lesthar sentía las vibraciones en el suelo.
Aterrorizado como estaba, no dejo de mirar como lo que ayer era un pequeño
punto en la distancia se convertía en su peor miedo. Ya conseguía distinguir
sus enormes caninos, capaces de partir a un hombre en dos.
En un momento de brillantez, su mano corrió presta a su arma
reglamentaria. Lo único que encontró fue su mochila. Demasiado tarde se acordó
que al no ser una expedición oficial no podía salir con armas de la ciudad. El
pánico se apoderó de él. ¿Qué locura le había llevado a aceptar?
Definitivamente se había anticipado en su elección.
El nativo se situó a su lado y le tocó un hombro, y como un
bálsamo, impregno a Lesthar de su confianza. Se adelantó diez pasos y afianzó
los pies en posición de defensa. El hómino no sabía de dónde había sacado
Hurslak el imponente martillo de batalla que ahora blandía en lentos círculos
por encima de su cabeza, preparándose para lo que le venía.
Las luces que el Sol creaba gracias a los reflejos del
martillo terminaron de tranquilizar a Lesthar. El ejemplar de taka que se
acercaba era una hembra completamente desarrollada. La saliva goteaba por sus
comisuras de forma grotesca. Sus zarpazos levantaban esquirlas de hielo que
brillaban efímeramente antes de tocar el suelo de nuevo.
Cuando quedaban diez metros para la colisión, la taka se
abalanzó con sus tremendos cuartos traseros sobre Hurslak. Éste, conocedor de
las tácticas de caza de todos los depredadores de La Madre, se desplazó hacia
su derecha mientras giraba sobre sí mismo añadiendo más impulso a la
trayectoria circular del martillo. La sincronización fue tal que Hurslak
consiguió impactar de lleno en el costado izquierdo de la taka.
La hembra consiguió absorber la mayoría de la energía del
golpe, pero cojeaba ligeramente de su pata delantera izquierda. Ya había
perdido la iniciativa, estaban empatados. Comenzaron a estudiarse uno al otro
detenidamente. La tensión se podía palpar, sólo uno sobreviviría. La
majestuosidad de la imagen de dos fuerzas luchando por su existencia se
desvaneció abruptamente cuando Hurslak consiguió cegar a la taka con el brillo
de su martillo.
Lesthar también se cegó por un breve instante. Fue suficiente
para oír tres sonidos que jamás olvidaría. El aullido lastimero de un ser vivo
que sabe que ha cometido su último error. Cortado de repente por un sonido que
el hómino recordaría como madera al partirse seguido de algo gelatinoso que se
cae al suelo. Y el tercer y último sonido fue el que le terminó por desgarrar
el alma. Un gruñido seco, contenido y muy breve.
Cuando Lesthar recuperó la visión, lo primero que vio fue un
cuerpo de taka tendido e inerte. Un charco rojo carmesí se había formado en
donde se intuía antes tenía la cabeza. Al acercarse vio que el nativo estaba
recostado contra el animal. Uno de los cuernos del taka sobresalía de su pecho.
Hurslak se moría y lo sabía. Sin embargo, la simpleza del
pensamiento calmaba al nativo. Su existencia había sido satisfactoria y el
momento ya había sido vaticinado. Abrió los ojos y se encontró el amanecer más
bonito que nunca había visto. Tenía suerte de morir así. Era feliz. Su legado
perduraría.
Con el último aliento que su cuerpo iba a expirar jamás,
consiguió decir:
- La Madre no perdona.
Lesthar no se lo creía. No le podía estar pasando esto. ¡Se
suponía que iba a llevarle con su pueblo! ¿Qué tenía que hacer ahora? Miles de
idea confusas nublaban su mente. No daba crédito a lo sucedido. En más de una
ocasión intentó despertar de la pesadilla en la que se había convertido su vida
de repente. Estaba solo en un mundo que no conocía. Lleno de frustración y
rabia, comenzó a gritar.
- ¡Joder! ¡Yo no pedí esto! Mierda, yo no pedí esto...
Cuando las lágrimas ya no llegaban y su voz hacía tiempo que
quedó sin fuerza, Lesthar se acercó al nativo. Sentimientos encontrados le
pasaban por su cabeza. Había llegado a apreciarle, pero ahora le odiaba por
ponerle en la situación en la que estaba. Se quedó mirando la sangrienta herida
durante más tiempo del que deseaba. Nunca olvidaría la imagen. Recogió todo lo
que el nativo podía ofrecerle ahora, principalmente su comida y pieles. No se
llevaría el martillo, no contaba con la musculatura y resistencia del nativo.
Fue entonces cuando se dio cuenta del símbolo en el suelo.
Hurslak había dibujado una flecha.
Capítulo 2
Grickter se despertó de un sobresalto en su pequeño cubículo asignado. Los retazos de un sueño demasiado real se disiparon en su mente aún más rápido que una bala en el suelo del mercado del Reik. Como era demasiado pronto, se puso a revisar sus notas para la presentación de su idea.
Cuando llegó el momento, el hómino se duchó con parte de su ración
mensual de agua tratada. Un día es un día. Se puso su uniforme de climatólogo y
ensayó su discurso una vez más frente al espejo de la puerta.
Al salir cerró su hogar con la pulsera con el chip
identificativo. Ningún hómino las llevaba subcutáneas desde que las pistolas de
inyección dejaron de funcionar. Se entregó al río bullicioso de la ciudad.
Tenía aún más tiempo del que necesitaba.
Continuó elaborando su idea incluso cuando la marabunta de
gente le llevó por-------------
No hay comentarios:
Publicar un comentario